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Al leer esta descripción por primera vez, me acordé de mi abuelo: cuando yo era niño, me contó que una noche de principios de 1938, a finales de enero, en medio de las trincheras de Madrid, vio una aurora boreal. Sólo me dijo que el cielo le había parecido arder en infinidad de puntos. No me describió lo que sintió. Solía contar los acontecimientos ciñéndose a los sucesos mismos, sin adornos, sin apenas adjetivos. Sólo añadió que él sabía lo que estaba viendo, porque una vez el maestro les había leído la descripción de una aurora boreal.
La abuela de mi amiga A. la vio desde las montañas que bordean el Suarna, justo cuando salía de casa después de haber pasado toda la tarde cosiendo zapatos. A. cuenta que muchos años después ella aún seguía buscando las palabras adecuadas para describir lo que vio allí, en medio del monte, todo el pueblo cerca, a oscuras. Decía que el cielo estaba aquella noche "apuntillado", ardiendo en multitud de rojos. Sintió primero fascinación y luego pánico, porque pensó que era el fin del mundo.
En el mes de junio, un profesor emérito de la Universidad de Santiago, X. A. M. hizo la presentación de la traducción de Idacio. En un momento determinado, se paró en medio de su charla, y leyó este trozo de arriba. Luego hizo una pausa de solemne retórica, y en tono más pausado, añadió: - "eu tamén vin unha aurora boreal"
Y explicó que de niño en su aldea, había creído que el cielo ardía esa noche de enero. Yo sólo pude pensar en mi abuelo. En que tres personas desconocidas estaban la misma noche, a la misma hora, en lugares totalmente alejados, contemplando algo que llevarían dentro el resto de su vida. Y yo había podido comprender mejor una narración antigua gracias a los ojos y las palabras de mi abuelo.
Nunca he visto una aurora boreal. O quizá sí.
Somos lo que somos también gracias a las voces. A las de un oscuro y fanático obispo del siglo V, a las de X. A. M., a las de A. y a las de las personas que por una razón o por otra nos tocan de un modo más profundo. Lo que ellas significan para nosotros sale a la luz en el momento más inesperado, como la luz en una noche invernal muy parecida a esta, hace sesenta y siete años. Entre las palabras de un viejo texto que apenas interesa a nadie, como si tocase el resorte de lo que somos, de lo que estamos hechos, de nuestra memoria y de la memoria de las personas amadas.

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