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En mi habitación en V. hay dos cuadros de faros y una foto de una bicicleta azul ilustrada con una frase, casualmente también, de Oscar Wilde:

"Adoro los placeres sencillos. Son el último refugio de los hombres complicados".

Contemplo esa bicicleta azul junto a un jardín de una casa desconocida. Pensaba que la bicicleta de paseo, con una cesta en el manillar, sólo podía ser de un niño, pero A. me hace ver que es demasiado grande, que tiene que ser a la fuerza una bici de adulto, y que además, por la estructura, de mujer. A mí me gusta más la idea de que quizá se la haya apropiado un muchacho para pasarse toda una tarde de vacaciones de verano andando con ella, solo o en pandilla. A. se ríe y me dice que hay que ver: - "te estás montando una película..."
Tardé bastante en aprender a montar en bicicleta. Creo que a los diez años. No tenía un interés especial para mí, porque en el pequeño piso de Compostela era un estorbo inútil, e íbamos demasiado poco a casa de mis abuelos como para que pudiese sacarle rendimiento. Mi hermana, por supuesto, no pensaba así, y tan pronto como pudo, se hizo con una. Entonces fue cuando yo aprendí a andar en bici, con la suya, lanzándome por una cuesta abajo una tarde completa hasta lograr mantener el equilibrio y no frenar con las rodillas. Supongo que como durante una temporada pillaba la primera bici que podía, me aficioné a pensar que cualquier bicicleta de cualquier tamaño que hubiera por casa podía ser inmediatamente tomada en préstamo. Yo no paré de hacerlo, y según las caídas, las dejaba en estados bastante lamentables.
Al verano siguiente, mis padres me compraron una bicicleta. Yo seguí usando siempre que podía las de los demás. Eso sí, la mía, ni tocarla nadie que no fuese yo....Ya procuraba también yo que nadie se enterase de que seguía cogiendo prestadas siempre que podía las otras. En especial, la de mi hermana.

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