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El tren hacia V. sale con un cuarto de hora de retraso. Acabo de colocar sobre la bandeja de mi asiento la bufanda, el gorro de piel de tipo ruso, -con el que parezco de verdad el vivo retrato de Lenin desmomificado-, los guantes y la Eneida. Empiezo a tomar notas en mi diario de mano, un libro grande, de tapas duras de color malva y blanco. Cada página está ilustrada con un retrato de un escritor y una pequeña cita.
Me gusta hojearlo e ir haciendo enlaces entre días y autores, fijarme en retratos hasta ahora completamente desconocidos para mí, como el de Doris Lessing, que parece un aburrido noble francés del siglo XVIII, la altivez de Proust, la profundidad de la mirada de Rulfo, o el estilo de dama sureña de melodrama de los años cincuenta que tiene Anne Sexton. Cierro el libro y miro el paisaje en movimiento, sin apenas poder ver más que luces difuminadas a lo lejos, y algo que se parece a nieve junto a las vías.
Abro de nuevo el diario para seguir escribiendo.
Y en la primera página, encabezándolo todo, me asalta una cita de Oscar Wilde:

"Nunca viajo sin mi diario. Uno siempre debe llevar algo sensacionalista para leer en el tren"

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