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Hasta donde recuerdo, nunca quise ser bombero o astronauta. Si me guío por mis juegos infantiles, sólo hubiese podido ser cuatro cosas: cowboy, indio, mosquetero, o cura. De hecho, me pasaba horas cubierto con una vieja colcha de color rosa, como si fuese una casulla, oficiando misas para mis clicks de famobil.
A los diez años, quería ser zoólogo. No sé por qué; quizá por los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente. La vida de los animales me fascinaba. Sin embargo, dejé de pensar en ello ante mi repugnancia por la carne cruda y cosas parecidas: era superior a mí, a no ser que fuese un zóologo libresco o un paleontólogo, pero a esa edad esas posibilidades no se me pasaban ni remotamente por la cabeza.
Luego quise ser astrónomo. Aún ahora me fascina mirar el cielo, imaginar las constelaciones. Saber que dentro de miles de años estas serán totalmente diferentes, y las imágenes que crearon las historias de la mitología griega ya no estarán en el firmamento para hablarnos a través de su luz. Que sólo nos quedarán las palabras desnudas. Cuando supe la cantidad de matemáticas que era necesario saber para estudiar astronomía, lo descarté por completo.
En sexto de EGB descubrí, fascinado, la historia universal. Nunca, hasta entonces, me la habían explicado como una asignatura coherente y unitaria. Aún ahora conservo la sensación de que es un manantial para no dejar de beber. Recuperé esa fascinación hace un par de meses, cuando tuve la oportunidad de ser guiado en una exposición sobre una de las familias europeas más atrayentes, los Medici. La atracción de la historia y del arte a través de las palabras y de cada uno de los objetos que componían la exposición. Volver a sentir ese entusiasmo una tarde de sábado, compartirlo juntos A. y yo, es un regalo que ambos conservamos como una deuda especial con X. A. N. C.
No me incliné a estudiar Historia, como hubiera sido lo esperable, aunque a decir verdad estuve a punto. En el último momento, y después de dudar un par de días con la facultad de Derecho por razón de mi padre, decidí estudiar Filología. Al fin y al cabo, pensé, si no se dominan las lenguas que necesitas para hacer historia, de qué sirve. No me arrepentí. Junté los dos valores que más me habían llenado hasta entonces; comprendí que historia y cultura están tan ligadas la una a la otra como las dos caras del dios latino Jano.
Zóologo, astrónomo, historiador, cura incluso.

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