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Hay una escena de El Paciente Inglés, donde Ralph Fiennes le explica lacónico a Katherine por qué lleva a todas partes la Historia de Herodoto de Halicarnaso: el libro le sirve de referencia en el desierto. Luego todo se vuelve más complejo, al servirle de guía a él, y a otros, para reconstruir una vida tan dañada como el cuerpo en que se encuentra.
Katherine sigue viva en el libro. Almàsy sigue vivo por el libro que le une a ella cuando sólo queda eso para seguir adelante. Añora a una Katherine que vive en las historias de un hombre que recorrió Oriente hace dos mil seiscientos años.


“Este es el relato de Herodoto de Halicarnaso, que escribió para que no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos de los hombres, ni que se oscurezcan las grandes hazañas, tanto de los griegos como de los bárbaros.”


Para Almàsy el libro de Herodoto era su medida del tiempo.
A A. y a mí nos fascinan los libros, pero nunca podríamos atarnos así a uno.
Mi medida del tiempo no pueden ser las palabras impresas en las hojas de un libro, o en un rollo de papiro escrito en Egipto. Lo respeto y me fascina el lazo que Almàsy crea al ver su vida a través de las páginas de ese libro.
Pero mi medida del tiempo son imágenes y palabras. Las que A. pronuncia cada día. Lo que vemos juntos, las cosas grandes y pequeñas. Ella misma, en todos sus gestos. Ningún libro podría incluir o ser fiel a todas las descripciones posibles de sus ojos, su sonrisa, o del ritmo de su respiración cuando se ha quedado dormida. Por eso sólo A. misma puede ser mi medida del tiempo.
Mi lugar en el mundo.

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