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Ayer, cuando volvía en el tren empecé a hojear las lecturas para mi tesis, y de una de ellas anoté una reflexión: decía que la esencia de la postmodernidad es el vivir en el presente y considerar el pasado como notas a pie de página. Pensé en que este fin de semana me daría para decirle a ese autor un par de cosas sobre esto: Santi está hoy de cumpleaños, y el sábado él, su mujer A. y su familia nos regalaron una velada estupenda.
Una tradición dice que algunos romanos tenían por costumbre ir depositando en un recipiente una piedra blanca por cada día bueno y una negra en los malos, y que al llegar el día de su cumpleaños, contaban el número de guijarros blancos y negros que habían juntado y así consideraban el año. El pasado en cada momento asociado a esas piedras blancas, aunque ellas mismas no especifiquen el día concreto por el que fueron colocadas: quizá por estar juntos una tarde de domingo compartiendo unos minutos de entrenamiento de un equipo juvenil de fútbol, o por una conversación tranquila unida a la alegría de un encuentro, una compra rápida de anchoas y sidra en el super de la esquina, un abrazo a las cinco de la mañana, sentir el sabor de la amistad entre un frío del carajo, el reírse con el ingenio de un niño de tres años o disfrutar de varios brindis todos juntos antes y durante la cena.
La tradición explica lo que hacía un romano en su cumpleaños con ese puñado de piedras. Pero no dice nada de las que esa persona te ha regalado, las piedras blancas que día tras día uno coloca en su propio recipiente gracias a esos momentos. Siempre estarán ahí, en nuestro recuerdo, en el mío y en el de A., igual que el sabor de esas risas o el sonido de una botella de Chianti abierta entre amigos. Y no son notas a pie de página. Son las palabras escritas en nosotros mismos, los lazos que esas piedras blancas crean.
Feliz Cumpleaños, Santi

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