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Siempre he seguido fantaseando y regresando al territorio de la infancia, a la capacidad ilimitada de ser totalmente feliz, amado, e imaginar mundos, historias, tiempos: beber en las fuentes de los sueños. Intento no perder esa capacidad de emoción que da la fantasía: en el fondo, creo que imaginar historias supone atarnos a la niñez al construir juegos tan imaginados como reales. La ficción es la sombra de la propia realidad. La cara de un presente soñado.
Quién no se ha imaginado de niño con otra familia diferente a la que tenía, o con otros lugares, otros trabajos, otras vidas, al fin y al cabo. En cuanto a esto último, hay dos oficios que me siguen resultando particularmente atrayentes como posibilidades imposibles: mayordomo y farero.
Mayordomo, porque en esa profesión se hacía emblema, más que en ninguna otra, de la dignidad anclada en la profesionalidad. Es obvio que esta no tendría ningún sentido sin la existencia de otro tipo de dignidad, pero siempre me ha parecido extrañamente atrayente ese comportamiento basado, también, en la nostalgia del pasado y de la tradición. Creo que eso es una de las fascinaciones adolescentes por la época victoriana que he ido superando. O eso creo. Ahora sólo ejerzo de mayordomo cuando dejo puesta la mesa para el desayuno del día siguiente: plato, taza, azucarero, la cafetera montada, y la servilleta pulcramente doblada sobre el plato para las tostadas, el queso y la mermelada. A las seis y media de la mañana, completamente dormido, agradeces no tener que hacer más esfuerzo que el de girar el mando de la vitrocerámica para que se haga el café pausadamente. Y me doy cuenta de que hubiera sido la eficiencia personificada como mayordomo. Pero también hubiera sido un señor muy eficiente en su sibaritismo, creo. Las dos cosas van bastante unidas.
Sin embargo, una y otra vez he vuelto a la figura del farero. Es mi oficio más deseado desde que tenía quince años. En realidad se denominan Técnicos Mecánicos de Señales Marítimas, y es un cuerpo funcionarial a extinguir, sustituídos por ordenadores y potentes haces controlados por radiocontrol. Creo que pocas denominaciones pueden ser más prosaicas y equivocadas. La señal es terrestre, sale de la tierra al mar; busca el mar pero está anclada en la tierra. El nombre de farero se carga de literaturas más que el de técnico de señales, y conserva su simbolismo más intacto a medida que la realidad va abandonando a la propia palabra: el simbolismo de la dificultad, el riesgo de la soledad y de la lucha, como si en medio de la adversidad fuese ahí, más necesario que nunca, construír la vida por los medios más simples, con aquellos que sustentan de verdad y de los que no es posible prescindir, tan necesarios como la señal de ese faro para un barco de pesca en medio de una borrasca.

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